
[..]
Él la tranquilizó lo mejor que pudo, con delicadeza puso sus manos entre su cabeza y le hizo que le mirase, le limpió las lágrimas. Se le quedó mirando seriamente, y ahora estaban más cerca, su única reacción que tuvo ella fue acercarse más cerca hasta por fin besarle.
Aquel beso no fue como los besos que había tenido antes, había tanta pasión en ambos que temblaban de furia y excitación. El joven la puso contra la pared y ella enredó sus manos con su cabello perfecto, no sabían por qué exactamente aquello estaba sucediendo, pero estaba ocurriendo y se dejaron llevar. En aquel instante sólo existían él y ella, no había nada más, no existía el peligro ni la tristeza, no existía la espera ni la vergüenza, sólo existía ese preciso momento, ambos fundidos entre besos desenfrenados y jadeos sin aliento. Aquello que el más puro lo desea y el más lujurioso lo aborrece. Era un momento perfecto entre un tu y un yo, entre un ahora y aquí, y un para siempre. No querían que terminase, no querían separarse, sus cuerpos no podían ser separados ambos creaban la perfecta imperfección, entre el odio y el amor, entre la duda y la resolución, ambos formaban un completo mundo en el cual sólo ellos existían, sin más bandera que su piel. Ambos crearon la imperfecta perfección en un lugar desconocido, lleno de oscuridad y temor, crearon el más profundo sentimiento, crearon el verbo, el sujeto, el adverbio, crearon aquello que no se puede tocar pero si poseer y sentir en el más profundo corazón.
Ka.
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