Me gusta decir las cosas alto y claro. Quizás no te importe mi opinión, quizás no quieras escucharme. No me importa, necesito decir las cosas, tal y como se me pasan por la cabeza las reflexiono y las intento sacar dentro de mi, ¿cómo? escribiéndote.
Escribo a todo aquel que necesito contarle cualquier cosa, si necesito decir lo magnífica persona que eres, lo tanto que le quiero y le necesito. Si necesito decirle que le odio, que me repugna su comportamiento, que no es lo que esperaba de esa persona, también lo digo.
Si tengo que escribir a años luz lo hago, aunque nunca lleguen mis palabras, aunque las estrellas y el polvo de las supernovas se las traguen, lo necesito decir, escribir, llorar, gritar.
Las palabras están ahí, cada una de ellas una detrás de la otra, formando frases y complementos directos, sujetos y verbos. Crean textos, crean poesía, crean emociones, dolor y felicidad, tristeza y compasión, eso es lo que hace la literatura, lo que un montón de palabras juntas crean.
Crean lo bello, crean lo feo, crean lo que nadie más pudo crear, más que el ser humano, aquel que lo pudo hacer, no mucho más importante que cualquier criatura, pero a veces lo parece. Creador y destructor.
Así somos, nacidos de la nada, del caos y de lo imposible, somos un milagro, dicen los religiosos, yo digo, somos evolución, no perfección, sino evolución.
Ka.
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