
Sabes lo más duro de las despedidas, no es la despedida en sí misma. Sino lo que viene después. Cuando hay una despedida, hay tres facetas; primero el inicio, cuando sabes que alguien se va a ir, al principio no quieres pensar en ello, pues te dices a ti mismo que hay que disfrutar el momento que hay ahora junto a esa persona, y luego ya vendrá lo más duro, por tanto hay una faceta de esconder el dolor que hay o habrá ahí adentro y poco a poco irás sacándolo.
Luego, viene la hora de la despedida, cuando finalmente se va a ir o se ha ido, dicen que las despedidas son duras, nada agradables y muy tristes, sí lo son, pero para mí es más triste lo que viene después de ellas. Cuando está la faceta de la despedida, al principio no echas de menos a esa persona, se acaba de ir, aún tienes el recuerdo reciente, su olor reciente, su voz reciente, su imagen reciente, todo reciente. Estás tristes porque se ha ido, pero no del todo porque aún no has empezado a echarle de menos de verdad.
Pero la tercera faceta, la más dura y larga, es la de después de las despedidas, pasan los días, y al principio son iguales pero mediante van avanzando, es cuando empieza ese dolor que ibas reprimiendo al principio a salir. Y sale. Muy poco, poco a poco. Y duele, duele mucho esa tristeza ese dolor, esos recuerdos. Duelen, y lo único que sabes hacer es pensar, recordar y por supuesto llorar. Llorar. Las lágrimas serán unas buenas compañeras de viaje de este proceso de postdespedida. Y es por eso, que las despedidas no son lo más duro, sino lo que viene después de ellas. Que es, el día a día.
Ka.
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